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Mitología y leyendas urbanas: LA LEYENDA DEL SOL Y LA LUNA “PANAMA”

El Sol y la Luna
c04b2f5a81a679088aa444447a912e03 LA LEYENDA DEL SOL Y LA LUNA PANAMA mitos y leyendas

- Leyenda de Panamá -

En un palacio de oro, allá en lo más alto del cielo, vivía Oba, el dios supremo de los indios cunas, que habitan en la región de San Blas.
Oba era hermoso, y su corazón latía enamorado por todas las bellas mujeres que lo rodeaban. Todas aspiraban a conquistarlo y que fuera suyo exclusivamente. Fue la más afortunada la que le dio un hijo, robusto y semejante a su padre, que lo hizo feliz por completo.
El niño crecía sano y fuerte, haciendo su vida en los mágicos jardines del palacio. Su padre lo contemplaba a todas horas. Oba tuvo un disgusto con la madre de su hijo, y para castigarla, escogió como víctima a la inocente criatura, sabiendo que así sufriría su madre, que lo adoraba. Tomó en brazos al pequeño y, transformándolo en pez, lo echó al río que regaba los jardines del palacio.
Los pececillos del río no recibieron bien al recién llegado. Tendrían que compartir con él sus alimentos y los lugares escondidos y protectores entre las piedras del fondo del río. El nuevo pececito era listo y alegre y era difícil jugarle una mala pasada. Pero al fin llegó la ocasión. Estaba entretenido en comer sapitos diminutos, cuando los peces más grandes lo cogieron desprevenido y lo echaron en una olla de agua hirviendo. Los gritos y gemidos de dolor del pececillo llegaron a oídos de su padre. Su amor paternal pudo más que el enojo y acudió a salvarlo. Lo sacó de la olla y lo llevó de nuevo a su palacio, donde volvió a ser un niño.
Pero era un niño distinto, porque durante el tiempo que permaneció en el río había crecido mucho. Era tan hermoso y arrogante, que su padre quedó maravillado. Y quiso darle un destino digno de su alta jerarquía.
Oba tenía el proyecto de construir un mundo nuevo. Y resolvió transformar al niño en Sol y darle el gobierno de ese mundo.
Nada quiso decirle hasta no tener terminada su labor. Empezó por hacer el cielo, lugar en que su hijo habría de permanecer dominando la tierra. Para hacer la tierra, llamó a dos pequeños seres laboriosos, el perico-ligero y la perdiz. Les enseñó una masa de color extraño y les indicó el lugar, extendiendo el brazo, donde tenían que ir colocándola, poco a poco hasta hacer un mundo nuevo. Todos los días iban los dos animalitos a buscar la tierra y a depositarla en el lugar indicado por Oba. Cuando estuvo terminada la labor, Oba llamó a un pajarillo muy ligero, el visitaflor, para confiarle un encargo. Le mandó pasearse en toda la anchura y longitud de la tierra que acababan de hacer el perico-ligero y la perdiz, y había de hacer el recorrido en el mismo tiempo que tardara en llegar a su destino el salivazo que Oba iba a tirar sobre la tierra. El encargo fue cumplido vertiginosamente.
El hijo de Oba fue convertido en Sol, poderoso dueño de la tierra y de su destino. Sus tareas más importantes serían alumbrar y dar calor al nuevo mundo. Para ayudarlo en la primera y que pudiera tener algún descanso, su padre quiso darle un ayudante. Oba buscó y mezcló los ingredientes para hacer un varón diligente, útil para ayudar a su hijo. Sus graves preocupaciones lo distrajeron y se equivocó en la substancia y en la medida. Por este error, nació un ser femenino: la Luna.
El Sol hizo poco caso de su ayudante, entusiasmado con su cargo de jefe omnipotente de todo el universo. Organizó los vientos y las lluvias para atenuar el calor de sus rayos sobre la tierra. Adornó el cielo con nubes de todos los colores y buscó gusanitos de luz para que brillaran en las noches claras. Creó luego las plantas, adornándolas con hojas y flores maravillosas, y creó las aves, dotándolas de vistosos ropajes de plumas de todas formas y colores. Dio la virtud de crecer y multiplicarse a todo lo existente, ya que tanto se había esmerado en crearlo bello y hermoso.
Después de crear los ríos, quiso hacer otro mayor, en el cual los demás derramaran sus corrientes. A la orilla de este gran río plantó un árbol. Al principio era débil; parecía que los vientos iban a doblar su tallo. Pero el tiempo lo hizo fuerte y resistió muchos años. Creció tanto que sus ramas llegaron al Sol, interrumpiendo su camino. El Sol, iracundo, tomó las medidas necesarias para poner fin a tal desacato. Llamó a las ardillas y les dio el encargo de derribar aquel inmenso árbol. Las ardillas argumentaron que eran débiles sus fuerzas para tan gran labor. Pero el Sol les recordó que tenían dientes y que para algo servirían. Las dos bajaron por las ramas del árbol, hasta la tierra. Y empezaron su paciente labor. La ardilla mayor fue herida por una rama que se desprendió y cayó sobre ella y no pudo seguir trabajando. La ardilla pequeña se resguardó de todo accidente y trabajó con tanto afán, que cuando menos lo pensaba vio terminada la faena. El árbol se desplomó cuan largo era, haciendo un gran ruido por todo el mundo. La ardilla comunicó al Sol el final de su empresa y recibió como premio el don de permanecer erguida sobre sus dos patitas, para tener libres las otras dos y ayudarse con ellas a roer cuanto le placiera:
El Sol bajó a ver el árbol; y vio cómo su tronco había obstruido la corriente del gran río, formando un lago inmenso. El hijo de Oba impresionado por su obra involuntaria, decidió hacer de aquello un mar. Le ordenó no salirse de su ámbito, ni avanzar sobre el resto de la tierra. Y el mar prometió obedecerle. En premio a esta sumisión, le ofreció no dejarlo solo. Y creó en su fondo hermosas plantas y extrañas flores para su adorno; peces grandes y pequeños que le alegraran con sus juegos y sus amores. Le dio corrientes de toda, clases, frías y calientes y embelleció las aguas con variadísimos colores que sus rayos le llevaban cada día. Del tronco del árbol caído hizo nuevos seres que vivían indistintamente en el agua y en la tierra, y así nacieron las tortugas, las iguanas y los lagartos. El mar, desde entonces, es un verdadero torbellino de seres variadísimos y sorprendentes. Y para expresar al Sol su gratitud, mueve sus grandes superficies para hacer sonar un murmullo delicioso que arrulla y conforta a quienes lo escuchan.
Para que ningún otro árbol tuviera la arrogancia de subir hasta el cielo, proporciono a éstos varios enemigos que le restan fuerzas y deshacen sus pimpollos. Son los gavilanes y los monos y hasta esas diminutas hormigas que pueden destrozar lo que quieran.
Después de crear todo aquello, el Sol pensó que hacían falta unos seres distintos y superiores, que pudieran gozar y ser dueños de todo lo existente. Y pensó en hacer hombres. Con solo este deseo, sentido en un cerrar de ojos, aparecieron sobre la tierra los seres humanos. Contento de su obra, al contemplarlos, quiso darles las mayores perfecciones. Para defenderse y ser dueños de todo, era necesario darles fuerza. Llamó aun hombre y le dijo que pronunciara la palabra «carque» (fuerte). Pero el hombre, emocionado y confuso, no comprendió bien, y no queriendo hacer repetir la palabra al Sol, profirió la palabra «muy» (débil). Esta equivocación o falta de decisión del hombre, hizo perder a toda la humanidad el don de la inmortalidad.
Los demás hombres se enfurecieron al saber la torpeza del que fue elegido para hablar y lo golpearon hasta hacerlo caer en tierra y allí lo despedazaron y el arrancaron las quijadas. El Sol se compadeció de él y convirtió el cadáver en un pájaro. Este pájaro es el muy, que cuando canta va proclamando sus desdichas: muy, muy, muy.
El Sol tuvo que hacer frente a otras muchas cosas; cada día tenía que resolver cosas diversas. Se fijó en los jaguares, que siempre temblaban ante su presencia, aunque no sabía si de miedo o de frío. Para saber la causa de esto, les prestó uno de sus infinitos rayos para que con él hicieran fuego. Los jaguares hicieron una hoguera y se calentaron junto a ella. Pero quisieron guardar celosamente su secreto, para que ningún otro ser pudiera gozar de tan placentero privilegio. Les hizo traición un pequeño bichito, una sabandija astuta que se cuela por todas partes y todo lo sabe y todo lo dice. Admirada de lo que poseían los jaguares, se dio cuenta de que ellos solos disfrutaban de aquel brillante tesoro. Y una noche, mientras los jaguares dormían, la lagartija robó un tizón y lo llevó al bosque, donde prendió fuego a unos árboles. Esos árboles hacen fuego con sólo frotar insistentemente dos ramitas. El secreto de la lagartija lo conservaron los árboles del bosque y lo comunicaron a los hombres, los cuales lo dejaron en herencia a los indios cunas.
El Sol estaba satisfecho de su obra, creía haberla hecho completa y perfecta. Volvió a su palacio en las alturas y no tuvo otra ocupación que enviar calor y luz al universo. Esto era tan fácil y cómodo para él, que empezó a aburrirse. Recordó que su padre, Oba, le había dado una compañera para ayudarlo en su tarea mientras él descansaba. Y tuvo el deseo de ver a la Luna y dar un largo paseo con ella. Fue a buscarla. Pero la Luna estaba advertida de su llegada y escapó antes que llegara, evitando su encuentro. Sabía que el Sol no traía buenas intenciones y era necesario ponerse en guardia y defender sus castos velos. Su carrera no tenía fin, y huía vertiginosa en cuanto vislumbraba el primer rayo del Sol que la perseguía. A veces, parecía cansada o conmovida por la tenacidad y la constancia con que el Sol seguía cortejándola. Pero siempre encontraba refugio en una nube o en el mar. El Sol se había enamorado de ella y tan pronto estaba triste como se enfurecía, redoblando la persecución. Ella se dio cuenta del amor sincero de su perseguidor y le correspondió tiernamente. Pero su coquetería la dominaba y seguía en su carrera, gozando en verlo sufrir tras ella; así retrasaba el momento que ya era inevitable.
Y un día, el momento tan ansiado por el Sol llegó. La Luna, rendida de amor, cayó en sus abrasadores rayos y quemó en ellos los largos velos que cubrían su belleza. Su felicidad no es nunca prolongada. Pasados los breves instantes de un apasionado abrazo, los dos siguen su camino de luz y resplandores. Pero siempre vuelven a encontrarse y en su gran dicha olvidan el encargo que Oba les hiciera: la tierra se oscurece porque no recibe los rayos del Sol, ni alumbra la Luna.

LA LEYENDA DEL SOL Y LA LUNA

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