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Mitología y leyendas urbanas: LA LEYENDA DE LA VIRGEN DE PENONOME

La Virgen de Penonomé
c04b2f5a81a679088aa444447a912e03 LA LEYENDA DE LA VIRGEN DE PENONOME mitos y leyendas

- Leyenda de Panamá -

Desde los primeros tiempos de la colonización, hubo en Penonomé muchos indios convertidos a la fe de Cristo por obra de los frailes misioneros. De los primeros en ser fieles a la Iglesia, fue el bautizado con el nombre de Juan Pablo, sencillo y humilde de corazón.
Cada mañana, el indio acudía a oír la Santa Misa en la iglesia y rezaba fervoroso todas las tardes el santo rosario. Su bondad era apreciada por todos en el pueblo y los frailes tenían especial predilección por aquella alma limpia y modesta.
Una madrugada se despertó antes de que amaneciera; sin sosiego en la cama, decidió levantarse y salir temprano hacia la iglesia. Apenas empezaba a clarear el día cuando Juan Pablo caminó, atravesando las calles desiertas y las plazuelas silenciosas, impulsado por una fuerza misteriosa, hacia el lago que estaba en el centro de la población. Extrañado de verse en aquel lugar, contempló cuanto le rodeaba, envuelto en la radiante luz del amanecer. Su mirada quedó fija en algo que no había visto allí nunca: era una pequeña imagen de María Inmaculada, primorosamente labrada, colocada al lado de una piedra.
Conmovido el indio, la tomó en sus brazos y con transportes de alegría se la llevó a su choza. Allí la guardó celosamente, para que nadie supiera nada de su hallazgo. Después volvió a salir, para dar comienzo a sus trabajos cotidianos. De vuelta a su casa, se dirigió presuroso al escondite en que había dejado oculta la imagen, para contemplarla y reverenciarla.
Con gran asombro y desconsuelo, vio que ya no estaba donde la había guardado. Después de registrar cuantos rincones había en su choza, se convenció de que se la habían llevado, a pesar de haber cerrado cuidadosamente la puerta de su casa. Sin embargo, durante varios días se dedicó a buscarla, pero todo fue inútil. Al cabo de una semana, volvió a sentir el impulso de ir hacia el lago. Llegó al mismo lugar en donde había hallado la imagen y allí encontró de nuevo a la Virgen. Y volvió a llevarla secretamente a su choza y de nuevo, de forma misteriosa, la Virgen desapareció otra vez.
No descansó el indio Juan Pablo hasta volver a encontrarla, al cabo de otra semana. Pero en aquella tercera ocasión, se la llevó a casa del señor Cura y le contó cuanto había ocurrido.
El sacerdote entendió que la Virgen quería permanecer a la orilla del lago y que era necesario construirle allí su iglesia. Con el esfuerzo de todos, y especialmente de Juan Pablo, se fue haciendo en aquel lugar un templo dedicado a la devoción de María Inmaculada. Tanto los españoles como los indios demostraron un gran fervor y reverencia a la Purísima Concepción.
Al cabo de cierto tiempo, la ciudad de Penonomé se vio amenazada por la tribu de los indios mosquitos, que avanzaban hacia ella dispuestos a matar a todos sus habitantes y arrasar el poblado.
El terror de todos los habitantes estaba justificado, pues se sabía que eran extremadamente feroces y que llegaban hasta arrancar el corazón palpitante de sus víctimas para comérselo.
Se reunieron todos los vecinos para salir a enfrentarse contra los enemigos rapaces y las mujeres se encaminaron a la iglesia de la Inmaculada, a pedir ayuda a la Virgen.
Una flecha lanzada desde muy lejos se clavó muy cerca de la iglesia; traía un mensaje del jefe de los mosquitos en el que amenazaba destruir el pueblo si no se rendía. Entonces cundió el pánico en Penonomé. Las campanas tocaron a rebato y los ancianos que quedaron en el pueblo, los niños y las mujeres, se refugiaron en el templo a rogar y pedir ayuda a la Virgen Santísima.
Desde aquel lugar santo se oía el vocerío de la batalla y se veía el resplandor de los bosques incendiados. El Cura subió al camarín de la Virgen y trató de abrir la puertecita, para que todos la vieran y su imagen les confortara en tan amargas horas. Pero la puerta del camarín no pudo abrirse, por más que el señor Cura forcejeó. El pueblo pedía a voces ver a su amada Virgencita, y al ver que no podía lograrse, las mujeres enloquecieron creyendo que la Santa Madre los había condenado y estaban sin salvación. Los niños lloraban sin consuelo y los viejos, que no pudieron salir a combatir, se confesaban y pedían a Dios perdón por todas sus culpas. Pasaron una noche sin sosiego ni descanso y al ver clarear la mañana del nuevo día, les pareció milagroso no haber sucumbido todos.
El ruido lejano de la batalla se iba extinguiendo poco a poco. Y al poco rato comenzaron a regresar los hombres que habían combatido durante tantas horas y traían en sus rostros una expresión de asombro y extrañeza. Los indios mosquitos que venían en gran número y que atacaban furiosamente, llegaron hasta muy cerca de la población en guerra sin cuartel. Y, de improviso, en lo más recio de la batalla, se les vio empezar a retroceder. Al principio, pareció una maniobra para engañar a sus enemigos, pero después se les vio huir en desbandada, hasta perderse en la selva.
De nuevo se encaminaron todos a la iglesia, a dar gracias a María Santísima. El Cura volvió a subir al camarín para abrir la portezuela. Esta vez la llave cedió y los fieles pudieron contemplar, dulce y serena, a la Purísima Concepción. Parecía que, con sus manos juntas, imploraba protección para sus hijos amados. Pero su manto estaba deteriorado y chamuscado, y lleno de hojitas secas y yerbecitas de los campos, y su cabellera estaba alborotada, como si hubiera sido azotada por el viento.
La gente quedó anonadada ante esto, no pudiendo explicarse la causa del nuevo aspecto de su querida Virgencita. Y el asombro fue aún mayor al ver llegar al templo unos mensajeros que enviaban los mosquitos, pidiendo la paz. Nunca aquella tribu fiera y belicosa había solicitado la paz de ningún enemigo.
En medio de la plaza se reunió el pueblo para oír a los mensajeros. Ellos explicaron que la derrota era debida a la presencia de una señora, vestida de blanco, que dirigía el combate. Una señora que llevaba una espada en la mano y que miraba con tal enojo, que era imposible resistir a su poder.
Todos comprendieron que la señora era la Inmaculada, a la que habían echado de menos de su camarín en la noche del combate.
Llevaron a los emisarios mosquitos a la iglesia y allí se la mostraron, con los vestigios de su presencia en el campo del combate. Los indios reconocieron en ella a la señora que les perseguía, y pidieron repetidamente la paz.
De rodillas, el pueblo entero se postró ante la Santísima Virgen, dándole gracias por su infinita protección. Desde entonces, aquella venerada imagen fue llamada, y aún la llaman en Penonomé, la Virgen guerrera o la Margarita de los campos.

LA LEYENDA DE LA VIRGEN DE PENONOME

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