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Mitología y leyendas urbanas: LA LEYENDA DE LA TATUANA

La Tatuana
c04b2f5a81a679088aa444447a912e03 LA LEYENDA DE LA TATUANA mitos y leyendas

- Leyenda de Guatemala -

El Maestro Almendro era un anciano de luenga barba, tan blanca como un pedazo de algodón, ojos soñadores y tranquilos como el atardecer de primavera en un lago… Con el correr de los años se había convertido en un pozo de sabiduría; nadie como él sabía leer los jeroglíficos de las constelaciones, entender el lenguaje de la piedra que habla y reconocer las plantas que lo curan todo.
Un día amaneció convertido en árbol, y cuando llegó la luna del Búho­Pescador, repartió su alma entre cuatro caminos, que al marcharse tomaron direcciones distintas. El camino Blanco marchó hacia la esperanza de tierras nuevas. El Verde, en busca de la primavera. El Rojo, al éxtasis profundo del trópico. Y el Negro, con rumbo a la oscuridad sin fin.
El camino Blanco iba feliz, mecido en sus ilusiones, por eso no sintió que una tímida paloma lo llamaba, para que le diese el alma del Maestro; con ella podría mecerse en blandos sueños. Tampoco el Rojo oyó el clamor con que un corazón rojo intentaba distraerlo para tomarle el alma. Los corazones son prácticos en la traición y nunca devuelven las cosas prestadas. Un emparrado verde, deseoso del alma del Maestro, llamó también al caminito Verde, sin obtener respuesta.
En el Camino Negro nadie reparó, por eso llegó enseguida a la ciudad, la cruzó rápidamente, llegó al barrio de los Mercaderes, y al Mercader de Joyas sin precio, regaló el alma. Al saberlo, un frío estremecimiento recorrió el cuerpo del Maestro, que sintió helársele la savia, hasta que, despojado de su envoltura de corteza, recobró su forma real.
El polvo de los caminos se levantaba a su paso para adherirse a sus sandalias. Una luz radiante, que de clara turbaba la vista, en los mediodías espléndidos, o la blanquecina y recatada de la luna fueron envolviéndolo sucesivamente en su largo peregrinar en busca del alma perdida. La gente miraba extrañada a aquel anciano de barba rosa y túnica verde, y los pastores a quienes interpelaba a su paso en los valles recogidos o en los montes frondosos, olvidaban la respuesta, prendidos en el hechizo que parecía desprenderse de él.
Al fin llegó a la ciudad, que seguía su ritmo acostumbrado: el agua caía cadencioso sobre los cántaros de las mujeres que aguardaban al pie de la fuente; un grupo de hombres se adormecían debajo de las palmeras, al compás de las canciones de su tierra, que un organillo dulzón desgranaba lento. Nada de esto advertía el Maestro, porque pensaba en recuperar su parte de alma, que encontró, finalmente, en una caja de cristal en la tienda del Mercader de Joyas sin precio.
- ¿Cuánto pides por ella? – preguntó Almendro.
- No tiene precio – fue la respuesta tajante del vendedor.
Y el viejo, en su desvarío, ofreció montones de perlas, lagos de esmeraldas, piedras preciosas sin cuento para construir palacios de leyenda. En vano, él guardaba la parte del alma, para obtener en cambio la esclava más bella del mercado. Una nube de amargura cruzó por los ojos del Maestro, que marchó sin rumbo…
Cuando hubieron pasado cuatrocientos días, que componían el año en aquellas tierras, el trotar de un caballo ligero estremeció la campiña. En él iban montados el mercader y una esclava que casi oscurecía en belleza al mismo sol. Palabras de miel y azúcar deslizaba en los oídos de su amada, que lo escuchaba absorta.
- Vivirás en un palacio fantástico y cien criados estarán a tus órdenes, para complacer tus más pequeños caprichos. Te he comprado por un trocito de alma que quisieron que devolviera a cambio de una fortuna fabulosa, por eso te lo mereces todo. Seremos felices al conjuro del amor. Nada ni nadie nos turbará y nuestra dicha será eterna…
Sin apenas advertirlo, a la calma infinita sucedió la catástrofe. Una tempestad horrible comenzó a descargar; las nubes derramaban agua sin cuento; los truenos y relámpagos se sucedían y un huracán enorme lo devastaba todo. El caballo del Mercader, asustado, se desmandó y él vino a dar de cabeza contra un árbol.
Había pasado mucho tiempo y el Maestro seguía deambulando, siempre con la misma pregunta a flor de labios. Una tarde llegó a la puerta del Mercader de Joyas sin precio y salió a abrirle la esclava. Una dulce afloranza envolvió a los dos, que ya no pudieron dejar de mirarse: era como si después de mucho tiempo volvieran a encontrarse.
Pero una algarabía ensordecedora vino a turbarlos. La justicia los reclamaba: a él por brujo; por endemoniada a ella. Los encarcelaron y fueron condenados a morir quemados vivos.
La víspera de la ejecución, el Maestro tatuó en el brazo de la joven un barquito, mientras le decía:
- No quiero que mueras; por virtud de este barco puedes obtener la libertad. Dibuja otro en el aire, en el agua, donde quieras, cierra los ojos, entra en él y huye…
La Tatuana lo hizo así y al punto se desvaneció, escapando de la muerte. Y cuando al día siguiente, entraron los soldados por ellos, sólo encontraron en la celda un árbol seco con flores de almendro sonrosadas, entre sus ramas…

LA LEYENDA DE LA TATUANA

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