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Mitología y leyendas urbanas: LA LEYENDA DE LA CIUDAD DE MEXICO

LA CIUDAD DE MÉXICO El osario que vos no véis

Ahora que noviembre es el mes donde la muerte se hace presente, vale hablar de los muertos que nos habitan. Así, la reverencia del pensamiento para recordarlos será la reverencia a las huellas que nos heredaron. Y aunque muchos calendarios y el clero oficial no celebran el regreso de las ánimas, nosotros sí lo festejamos porque esta ciudad le debe su existencia a los muertos que también son un cimiento sobre el que andan nuestros pasos. Esto es una paradoja que bien se alimenta de verdades terrenales.
Sí, los cimientos de la ciudad —en su Centro Histórico— descansan sobre huesos y ceniza de miles y miles de muertos. Nuestros pasos caminan sobre un enorme osario. Seguro, porque si uno pudiera recorrer las entrañas de la ciudad, veríamos a los aztecas descansando su muerte junto con objetos de barro; ahí miraríamos las urnas donde se depositaron los cuerpos cremados de muchos de nuestros tlatoanis. Ahí mismo encontraríamos a los guerreros sacrificados y ofrendados a los antiguos dioses (dicen que sus cráneos, que estaban en el tzompantli, esperaron el tiempo necesario para bajar y buscar la otra parte de sus osamentas).
Y uno se entera y piensa que los hallazgos que acaban de hacer en las excavaciones en el Templo Mayor son tristes, pero son historia sagrada. Y ahí encontraron cuarenta y ocho osamentas de niños que decapitaron para ofrecérselas al dios Tláloc y a sus tlaloques. Y ahí estaban, pequeñitos, junto con urnas en honor al dios de la lluvia, porque hubo años de sequía y los infantitos fueron sacrificados como tributo, para después, ser cimiento de la ciudad sagrada.
Siguiendo nuestro viaje, veríamos a los extintos españoles y a los miles de indígenas que se enfrentaron en la gran guerra donde los aztecas perdieron su imperio. Y uno especula y sueña que si la muerte no se convirtiera en ceniza y después en tierra, entonces veríamos un gran osario donde miles de huesos tapizarían la antigua Ciudad de México.
¿Quién lo puede dudar?: la batalla más cruenta de América, en toda su historia, no puede ser otra que la que enfrentó el pueblo azteca contra el español y sus alia­dos. En las calles, casas, acequias y calzadas, los hombres iban cayendo, y sus cuerpos inermes iban a dar a la laguna de Texcoco, los otros iban a dar a las fosas comunes que se abrían para enterrarlos. Tenochtitlan cayó después de una despiadada guerra.
Aquí es válido detener el camino y recordar cómo ese 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito, la laguna que lamía la isla de México y Tlatelolco, se tiñó de sangre. La muerte cayó despiadada sobre guerreros, mujeres, niños y ancianos. La muerte también se pone un manto de sangre.
El sol en su camino hacia el poniente de aquel día bien sabía que su crepúsculo era menor que el rojo púrpura de la laguna; éste fue un abrazo de sangre. Este fue el principio a la infinita noche donde aún los indígenas sufren el oprobio de todos los que han desfilado por el poder en México.
En esa guerra, dos imperios chocaron con sus dioses al frente, esgrimiendo sus “razones”. Los dioses también lucharon por su permanencia en el cosmos. Venció el que venía allende el mar, sus hijos blancos y barbados se impusieron a sangre y fuego. Los vencidos fueron sepultados en la tierra que los vio nacer; Tenochtitlan les dio cobijo en sus entrañas. Y en Tenochtitlan nació otra ciudad, la de los españoles.

México, Tenochtitlan
Sobre la ruinas de las casas de los nobles mexicas y de sus templos destruidos, se levantó la nueva ciudad, la que tenía que ser orgullo de los conquistadores, la que tenía que ser orgullo de las tierras colonizadas para engrandecer al rey Carlos V. Y nació una ciudad amurallada, medieval en su imagen y origen. Y la vida transcurrió con pocos sobresaltos y los españoles vieron que la bonanza y los negocios crecían y la ciudad florecía sobre las ruinas de la antigua ciudad mexica, sobre los dioses destruidos y enterrados, sobre los muertos de la guerra.

¿Y los nuevos muertos a dónde iban? Los españoles buscaron lugares santos para dejar que sus cuerpos fueran osamenta protegida por la tierra sacralizada. Así, los entierros se llevaron a cabo en los pequeños atrios de las parroquias. Los conventos tenían, en su interior, sus camposantos y ahí llegaban los frailes que fallecían para descansar su “cuerpo pecador y débil”. Por otro lado, el voluptuoso y lacerado cuerpo de las féminas —las monjas— tenía un destino privilegiado: el coro bajo de su monasterio. Nada más bello que descansar entre los cantos monjiles y las notas musicales de los órganos.
En el interior de los templos estaba el resguardo para ricos caballeros y damas nobles. Todos los patronos —hombres y mujeres de la nobleza o con muchos reales— al donar parte de sus bienes a la construcción de los conventos, sólo pedían una cosa a cambio: que a su muerte se rezara por su alma y que su cuerpo ganara cristiana sepultura en los lugares más privilegiados de los magnánimos templos. El acuerdo se cumplió. Y el cuerpo, inerme y pecador, de estos caballeros y damas benefactores, llegaba a los espacios más importantes. Sí, llegaron al altar mayor o a los altares laterales.
Al tiempo, también los muros de las parroquias y de los templos conventuales fueron destinados para dar cobijo a la gente pudiente y de nombradía en la Nueva España. El Templo de Jesús es un bello testimonio para ver las urnas que le habitan.
Y como dijera don Luis González Obregón, “la capital de la Nueva España tuvo muchos sitios destinados para el último descanso de sus moradores.
“Solamente en 1736, cuando la terrible epidemia de Matlalzahuatl, que tantos estragos causó, existían cementerios en Catedral, San Miguel, Santa Catarina, Santa Veracruz, San José, Santiago Tlatelolco, Santa María, San Pablo, San Sebastián, Santa Cruz Acatlán, Santa Cruz Coltzingo, Mistecos, Santo Domingo, Nuestra Señora de La Merced, Hospital Real, Jesús Nazareno, San Juan de Dios, San Hipólito, Espíritu Santo y Nuestra Señora de Belén. “Hubo, además de estos cementerios, situados la mayoría en los atrios de las iglesias y en el interior de los hospitales, los camposantos de San Juan de Letrán, Candelaria, Xiutenco, San Antonio Abad y San Lázaro.” En ese tiempo, los muertos encontraban cobijo en lugares sacralizados.
Hoy, ¿a dónde se fueron estos muertos? Al olvido, se fueron con sus huesos a la calle. Las leyes de Reforma los expulsaron. Ahora, son parte de ese cimiento de la ciudad, y el poeta bien sabe que… Las ciudades también son un osario que vos no veis.
LA LEYENDA DE LA CIUDAD DE MEXICO
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