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Mitología y leyendas urbanas: LA LEYENDA DE AL INTERIOR DEL TAITA CHIMBORAZO

Al Interior del Taita Chimborazo

El vaquero arrió el ganado hasta la pampa más alejada de la gran hacienda, a los pies del taita Chimborazo; la rutina diaria era levantarse con la primera luz del alba, ensillar el caballo a toda prisa, desayunar agua de panela bien caliente y llevar el ganado para que se alimentara de cualquier pasto exquisito; por la tarde, debía cercarlos para emprender el retorno a la hacienda, porque si se le ocurría al terrateniente, iba a contar el número de cabezas.
Esa mañana, nada se le había escapado a la perversa rutina, hasta que por la tarde el vaquero regresó a la pampa en la que había dejado a los rumiantes. Desaparecieron. No encontró ni siquiera un pequeño ternero de consuelo. El hombre entró en pánico ¿Y ahora, qué dirá el patrón cuando se entere? Recordó que a un primo suyo le castigaron con veinte azotes, porque un semental que estaba bajo su cuidado, rodó por una quebrada, y solo encontraron el cadáver gracias al festín que los cóndores hicieron con él. Este pensamiento lo atemorizó, le temblaban las manos, estuvo seguro de que esa misteriosa desaparición le iba a costar la vida.
Descendió del caballo y se dejó caer de espaldas sobre el campo desierto, con las manos en la cabeza, pensando: ¿Y ahora qué hago? Durante unos minutos, su mente se quedó en blanco, pero de repente se le vino una idea providencial: los lobos pudieron haber espantado a la manada; se incorporó de inmediato, saltó sobre el caballo y cabalgó en procura del ganado. Al no encontrar sino lindos paisajes en las montañas vecinas, tuvo una sensación de infinita impotencia. Ahora sí lo iban a matar.
Por la noche, el vaquero regresó a casa abatido, imaginándose al terrateniente con la veta en la mano derecha, golpeándola de manera sucesiva contra la izquierda, esperándolo para castigar su negligencia; pero la suerte jugó de su lado, esa tarde el patrón había viajado a Riobamba, iba a regresar dentro de diez días.
-Hasta que regrese patrón, vaquitas ya han de asomar- le explicó al capataz, que le dio el plazo  de un día para que aparecieran los animales.
Al siguiente día, tomó su taza de panela bien caliente más temprano de lo usual. Cabalgó en la aurora helada de los páramos, que despertándose a la luz, parecían repletos de pigmeos, pero el vaquero sabía que eran solo la sombra de las pajas agitadas por el viento. Cuando alzó la cabeza, apareció el Taita Chimborazo con la misma forma de hace diez mil años, coronado por nieves perpetuas. Los primeros rayos de sol aparecieron. La cima se iluminó poco a poco hasta que en un momento pareció arder, y la crepitación del fuego era el viento que soplaba en su cara, se sintió atraído hacia el anciano de nieve.
El sol todavía no revelaba su esplendor cuando el vaquero llegó al sitio de la misteriosa desaparición, esta vez se internó en las faldas del Chimborazo. Buscó sin éxito en los alrededores, por último, ya casi sin esperanza, dejó que el caballo vagara a sus anchas, se distrajo pensando en una excusa creíble para que el castigo no fuera tan severo; sino, le quedaba otro camino: la fuga. De ese modo llegó a un lugar en el que no había estado nunca, lo cual le pareció extraño porque si de algo se preciaba, era de conocer las faldas del coloso de los andes tanto como el poncho que llevaba puesto. Se encontró frente a una descomunal roca empotrada al sustrato de la montaña, en la mitad tenía una fisura que se asemejaba al quicio de una puerta, descendió del caballo, tocó la roca para examinarla; de pronto la tierra comenzó a temblar con sutiliza y escuchó el ruido de la fricción de la piedra con el suelo, el vaquero corrió despavorido y se puso al amparo de una piedra de menor tamaño, cuando logró dominar el miedo, asomó la cabeza. Era una puerta que estaba abierta de par en par.
El vaquero amarró el caballo en la roca que lo había protegido del temblor, por un segundo pensó en quedarse afuera, pero la curiosidad fue más poderosa, de modo que cruzó al otro lado. Nunca habría de arrepentirse de aquella buena decisión. Adentro descubrió una ciudad de casas doradas de un piso, con amplios ventanales de estilo clásico, las calles estaban adoquinadas de oro puro y todo tenía un brillo propio como las estrellas. Caminó hipnotizado de fascinación, sobrecogido por la idea de estar en la ciudad que los conquistadores buscaron durante toda la colonia. En el centro de la ciudad había una plaza. Ahí estaba el ganado con sus cuernos de luna nueva y su pelambre de dálmata.
El vaquero conoció a un anciano que le hablaba con cariño de abuelo propio; era alto, su cabello era tan blanco como la nieve perpetua y le llegaba a los hombros, al igual que su larga barba enmarañada que le daba un aire de gnomo; vestía una blanca túnica que le llegaba a los talones, los amigables gestos de su rostro le trasmitieron un sentimiento de sosiego inédito, sobrecogedor. Brillaba. El peón le contó el drama del ganado desaparecido, el anciano sonrió con gentileza.
-Yo traje el ganado porque quería que vinieras, tengo algo para ti, hijo- expresó el anciano en perfecto kichwa. Fueron hasta la casa más fastuosa del pueblo, en su interior la mesa estaba servida con un banquete de frutas, tan diversas y raras que el vaquero no logró reconocer algunas; comió tanto que creyó que iba a reventar. Luego del festín frutal, el anciano le entregó una esplendorosa perla, tan grande como un melón. “Es para curar” dijo el anciano, pero le advirtió que debía tener el espíritu libre de energías negativas. Luego un sopor lo invadió, tornándose borrosas las frutas masticadas que tenía delante, como si estuviera detrás de una cascada.
Cuando despertó estaba en la pampa en la cual había desaparecido el ganado, la primera reacción fue pensar que todo había sido un sueño; mas al querer levantarse una perla del tamaño de un melón, rodó entre la paja. No había sido un sueño. Era casi medio día, el vaquero calculó que estuvo al interior del Chimborazo dos horas, a su alrededor pastaba el ganado con la misma parsimonia de las llamas. Luego de constatar que estaban completos, arrió la manada de vuelta a la hacienda, cercó a los animales y cuando entró por la puerta de su casa, encontró a su mujer bañada en lágrimas, sollozando oraciones fúnebres.
La esposa del vaquero, era una indígena de huesos cortos, al verlo entrar por la puerta pensó que era el alma del esposo que venía a recoger los pasos; el vaquero estuvo desconcertado. Fue entonces cuando se enteró que no habían pasado dos horas como creyó, fueron cuatro angustiosos días; los vecinos de la comunidad habían organizado grupos de búsqueda, peinaron la montaña siguiendo su rastro; el capataz de la hacienda, a esas alturas, estaba seguro de que el vaquero se había robado el ganado.
Apenas se enteraron del retorno, los vecinos se agolparon en su casa, entonces el peón les contó la prodigiosa historia, y los que, como santo Tomás no creían sin pruebas, les mostró la enorme perla que los dejó mudos de asombro. Esa bola brillante habría de causar tanto alboroto, que la jornada de trabajo se alteró por completo durante la tarde; organizaron una expedición desordenada, con hombres que estaban pensando en que gastarían el oro que iban a extirpar del interior del Chimborazo. Pero los vecinos desconcertados, no encontraron sino una misteriosa neblina que enrareció la montaña y que por poco provocó que se perdieran.
Esa misma noche, cuando estaban reunidos comentando la fracasada expedición, se presentó un extraño que vestía como ellos y les habló en su idioma: “El oro del taita Chimborazo no les pertenece, no lo busquen”, advirtió, luego se perdió en las faldas del Chimborazo; los comuneros no dudaron que se trataba de un mensajero del Apu, porque cabalgó por el camino que conducía a la montaña, donde solo vivían: la estrella del Chimborazo, el lobo de páramo y los recuerdos de un ave majestuosa, que planeaba en las gélidas alturas vistiendo una bufanda blanca.
LA LEYENDA DE AL INTERIOR DEL TAITA CHIMBORAZO
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